Daven comía con calma, intercalaba preguntas atinadas en los relatos atropellados de Josh y le seguía la corriente a Grace en su torrente interminable de comentarios sin importancia. En ese momento, esa mañana, les pertenecía por entero.
Desde la cabecera de la mesa, Riana y Nathan cruzaron una mirada silenciosa y cómplice. Esa intimidad no era una puesta en escena; se había forjado a lo largo de años de pequeños hábitos, de presencia constante, de una sensación de seguridad que no necesitaba gr