La puerta de la sala de juntas se cerró tras ellos. El clic fue suave, pero bastó para cortar la atmósfera tensa que quedaba dentro. Daven avanzó por el corredor con pasos firmes, los hombros erguidos, como si la reunión no hubiera sido más que un trámite rutinario.
Una vez dentro de su despacho temporal, se aflojó la corbata y la arrojó al sofá. El saco siguió el mismo camino, colgado con descuido en el respaldo de una silla. Respiró hondo y exhaló despacio.
Arven quedó unos pasos atrás, todaví