—¡La presión arterial vuelve a bajar! ¡Llévenla al quirófano, ya!
La voz del doctor resonó por el pasillo del hospital, seguida del ritmo frenético de pasos.
Riana se llevó las manos al pecho, conteniendo las lágrimas.
—Dios mío, por favor… no permitas que lo pierda todo.
Lydia permanecía en silencio en su silla de ruedas, con las manos temblorosas fuertemente entrelazadas.
—Ni siquiera ha recibido noticias de Chase —susurró con voz casi inaudible.
Las puertas del quirófano se abrieron. Un docto