Esa tarde, la casa se llenó con el sonido de la risa de Josh, suave, brillante y completamente contagiosa. El pequeño estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra de la sala, apilando con cuidado bloques de colores en una torre que se tambaleaba peligrosamente alta. A su lado, Althea lo observaba con atención divertida, estabilizando de vez en cuando alguna pieza que se inclinaba.
—Cuidado, mi amor. Se puede caer —le advirtió.
Josh rio entre dientes.
—¡La voy a hacer más alta que pa