—Mm... ¿por qué está tan suave? —balbuceó Althea, con una voz que apenas era un susurro. Sus párpados se abrieron poco a poco mientras la suave luz de la mañana entraba a la habitación, ayudándola a enfocar la mirada.
Por instinto, estiró el brazo buscando sus cosas de siempre: su conejo de peluche y el celular que siempre dejaba a la mano para revisar la hora en cuanto despertaba.
Pero algo estaba mal.
“Espera...”
—Este no es... ¿mi cuarto? —preguntó, parpadeando con rapidez, confundida. ¿Estab