—Mis disculpas, señor —murmuró Andy.
—Vayan a casa. Descansen. Y asegúrense de recuperarse bien los dos.
Ninguno se atrevió a discutir más. Momentos después, pidieron permiso para retirarse de la oficina. Por fin, Daven pudo respirar con más calma. Se reclinó en el sofá y dejó que el horizonte nocturno de Solaviz, con sus luces titilantes, le apaciguara la mente. Los destellos se reflejaban en el vidrio y le ofrecían la tranquilidad que tanto necesitaba, tan distinta del caos de aquel bosque de