Mantuvo la mirada clavada en las puertas de urgencias que acababan de cerrarse. Los sollozos volvieron a brotarle y las rodillas le temblaron, hasta que un empleado del hotel la sostuvo por los hombros.
—Señora, por favor espere en la sala. Harán todo lo que esté en sus manos.
Antes de que pudiera siquiera secarse las lágrimas, una segunda ambulancia frenó con un chirrido. Sacaron a Beni en camilla, su corpulenta figura ahora inquietantemente inerte. Tenía el cuerpo cubierto de heridas, la sangr