—¡Maldita sea! —maldijo Vanessa, limpiándose el interminable rastro de lágrimas que le corría por las mejillas—. ¡Desgraciado!
Pero no había nadie para escucharla. El silencio la envolvía, asfixiante. Las piernas le fallaron y se desplomó en el suelo, con las manos temblorosas y todo el cuerpo sacudiéndose. Miró a su alrededor el desastre: sillas volcadas, vidrio hecho pedazos, el piso manchado de rojo por la sangre que le goteaba del pie.
—No. No, esto no puede estar pasando. No quiero estar so