—Señor Daven. —Arven entró al departamento con una taza del café favorito de su jefe. Por suerte, Solaviz tenía una cafetería lo bastante buena como para volverse su lugar fijo. Daven era notoriamente exigente con el café.
—¿Ya llegaste? —Daven bajó las escaleras con su paso seguro de siempre, una bolsa de papel colgando de su mano; adentro, la sudadera de Josh. Le habría gustado quedarse un rato más a solas antes de volver a Aethelis.
Para esa tarde ya estarían en camino. Los pendientes en Sola