—¡No! —lo interrumpió Vanessa—. Estás malinterpretando las cosas, Daven.
Se lanzó hacia él, desesperada por cerrar la distancia entre los dos. Quería, no, necesitaba abrazar a su esposo. Siempre le había funcionado antes; si se mostraba dulce, si tal vez lloraba un poco, Daven solía ceder.
Vanessa creía que la perdonaría.
Pero esta vez no.
—Quédate ahí, Vanessa. No te acerques.
Se quedó inmóvil. Atónita. Descolocada por la frialdad en su voz. —P-pero, Daven...
—¿Tienes algo más que decir?
—¿Por