Alice llegó al aeropuerto con veinte minutos de anticipo. No por costumbre —Alice llegaba a tiempo, que era distinto— sino porque salió del hotel demasiado pronto, en piloto automático.
Esperó de pie junto a llegadas internacionales. Miami en enero era maletas de colores, niños vencidos, ese ruido uniforme que todos los aeropuertos comparten.
No había visto a Katherine Hayes en dos años. Dos y cuatro meses, si contaba desde el funeral de Thomas. Katherine llegó entonces desde Portland sin que n