Trae el libro. Lo había dicho en el corredor, sin levantar la voz, con Max dormido contra el pecho y las puertas del ascensor cerrándose entre ellos. Liam la había mirado desde adentro, con esa quietud nueva que ya no convertía cada gesto en victoria, y había asentido. De acuerdo. Después las puertas se cerraron y la próxima semana acabó de existir.
Pero a las seis y cuarenta del miércoles, con Max en el portabebés y el café enfriándose sobre el escritorio, Alice abrió el hilo de Liam y entendió