Richard Walton no llamaba por accidente. Por eso, cuando su nombre apareció en la pantalla a las doce y cuatro, con Max en el portabebés mirando la palmera desde el corredor del cuarto piso, Alice supo que el mediodía estaba a punto de cambiar de categoría. No era Liam. No era Valeria. Era Richard. Descolgó.
—Richard.
—Alice. —Su voz llegó más lenta que la de Liam, más gastada, con el peso de quien ha pasado suficiente tiempo en conversaciones difíciles para saber cuándo una más puede esperar y