Liam no habló durante varios minutos después de que Max dijo pa.
No fue un silencio incómodo. Tampoco uno de esos silencios donde alguien contiene demasiado y acaba por convertir la emoción en tensión. Era otra cosa: el silencio de un hombre que acababa de recibir un regalo enorme y, por primera vez en mucho tiempo, no intentaba administrarlo con palabras.
Alice lo observó desde la mecedora.
Max, que ya había explorado el efecto de esa sílaba y parecía satisfecho con el resultado, había vuelto