Natasha no dejó de llorar cuando el coche dobló hacia la bahía.
Dejó de hacer ruido.
Y eso fue peor.
Las lágrimas siguieron cayendo con una constancia casi humillante, pero el cuerpo ya no se le quebraba igual. La primera violencia había pasado; lo que quedaba ahora era otra forma de daño, más quieta, más adulta, más difícil de odiar porque ya no tenía espectáculo. Afuera, la ciudad seguía intacta con sus torres limpias, su tráfico caro, su insolencia impecable de lunes por la noche. A nadie le