El teléfono vibró una segunda vez.
Ninguno de los dos lo miró.
Eso fue lo que volvió la habitación más estrecha de golpe. No el sonido. La decisión compartida de ignorarlo. Como si, durante un segundo exacto, ambos entendieran que lo que estaba a punto de decirse pesaba más que cualquier consejo, cualquier abogado, cualquier saldo de poder que todavía siguiera moviéndose fuera del despacho.
Liam seguía de pie al otro lado del escritorio.
Natasha también.
La carpeta que había dejado abierta unos