La tercera contracción le arrancó a la noche cualquier posibilidad de negación.
Alice estaba de pie junto a la cama, una mano aferrada al borde de la cómoda y la otra aplastada contra el vientre, cuando comprendió la verdad con una claridad brutal: el cuerpo había dejado de ensayar.
Esto no era una Braxton-Hicks.
Esto no era práctica.
Esto no era un aviso elegante.
Era el principio.
Y, por primera vez desde que todo empezó, Alice no pensó en abogados ni en los Walton ni en el hotel.
A Ali