La noche antes de la boda, Alice no durmió por la razón que habría esperado.
El miedo no tenía la cara de Liam. Tampoco llevaba el apellido Walton ni la voz antigua de Margaret diciéndole, sin decirlo, que una mujer como ella siempre debía sentirse agradecida por haber sido invitada a una familia ajena. Lo que la mantenía despierta era algo más difícil de ordenar en una carpeta, algo que no podía blindarse con abogados ni cláusulas: el miedo a ser vista eligiendo.
No vista resistiendo. Eso ya s