El jueves llegó con Max.
Alice no despertó con la temperatura del beso ocupándolo todo, sino con el sonido suave de su hijo moviéndose en la cuna a las seis y cuarenta y dos. El día no entró como una continuación dramática del miércoles. Entró como entraban los jueves desde hacía meses: con Max, con la luz húmeda de septiembre en la ventana.
Alice fue por él. Al oírla, Max giró hacia su voz con la certeza de siempre, esa respuesta que no necesitaba saber nada del jardín, ni de los cuatro segundo