Frankfurt en enero tenía la oscuridad específica de las ciudades del norte en invierno.
No era la oscuridad dramática de los lugares donde nieva con convicción. Era la oscuridad gris y persistente de una ciudad que trabaja bajo un cielo que no termina de decidir si va a aclararse, y que al final no se aclara, y que de alguna manera eso encaja perfectamente con lo que Frankfurt es: una ciudad de negocios, de banca, de decisiones tomadas en interiores con luz artificial y ventanales que dan a un