Mundo ficciónIniciar sesiónAlice atravesó las puertas del salón como un fantasma elegante envuelto en seda esmeralda.
Doscientas cabezas giraron brevemente hacia ella y luego volvieron a sus conversaciones.
Champán Dom Pérignon fluyendo sin parar. Risas ensayadas. El cuarteto de cuerdas tocando La Vie en Rose con precisión mecánica.
El mismo vals que había sonado en su boda hace tres años.
Otra mentira elegante con música bonita de fondo.
El salón brillaba con candelabros de cristal Swarovski y arreglos florales importados.
Mesas redondas cubiertas de manteles de lino. La élite de Miami desplegando su riqueza como pavorreales en celo.
Y en el centro de todo, ella. La esposa que acababa de descubrir que era completamente desechable.
El aire denso del salón la golpeó. Perfumes caros mezclados con el olor del champán. Demasiado. Todo era demasiado.
Alice se apoyó discretamente en una columna. Respiró profundo. Una vez. Dos veces.
Sus manos temblaban ligeramente. Las escondió en los pliegues del vestido.
—¡Alice, querida!
Margaret Walton se acercó con sonrisa de tiburón perfumado con Chanel N°5.
—¿Dónde te habías metido?
Vestido Chanel azul marino. Perlas del tamaño de uvas colgando de su cuello aristocrático. Cabello plateado recogido en un moño perfecto.
Margaret era la imagen viviente de la elegancia depredadora.
Pero Alice notó algo que antes habría pasado por alto.
La tensión casi imperceptible en los hombros de su suegra. La mirada nerviosa hacia Chen Li, el inversionista de Hong Kong. Los dedos apretando la copa con fuerza suficiente para romperla.
El tic casi invisible en su párpado izquierdo.
Margaret Walton tenía miedo de algo.
Y ese miedo la hacía infinitamente más peligrosa.
—Estaba arreglándome en el tocador.
Alice sostuvo la mirada de su suegra sin pestañear.
—Tu esposo ya bajó hace un buen rato.
La sonrisa de Margaret no llegó a sus ojos.
—Una esposa debe estar siempre junto a su marido en eventos públicos. Especialmente esta noche.
Esta noche es la última que paso como tu títere personal.
Pero Alice no dijo nada. Solo asintió.
El sudor frío comenzó a formarse en su nuca. Las luces del salón se volvieron demasiado brillantes.
—Necesito aire fresco.
Se alejó antes de que Margaret pudiera detenerla.
Cruzó el salón esquivando conversaciones vacías y sonrisas falsas. Cada paso requería concentración. Cada respiración era un esfuerzo.
No aquí. No ahora. No frente a todos ellos.
Llegó al balcón que daba a la bahía de Biscayne justo a tiempo.
El aire nocturno la golpeó con fuerza salvadora. Sal marina y gardenias del jardín inferior.
Miami ardía en constelaciones de luces sobre el agua negra.
Alice apoyó las manos en la baranda de mármol frío. Contó hasta diez. Luego hasta veinte.
La respiración entrecortada comenzó a normalizarse lentamente.
Su mano derecha fue instintivamente al vientre plano.
Diez semanas. Un secreto que absolutamente nadie conocía. Ni siquiera Liam. Especialmente Liam.
—Disculpe, señora Walton.
Alice giró bruscamente.
Un hombre que definitivamente no pertenecía a esta fiesta.
No llevaba esmoquin. Abrigo gris oscuro sobre traje negro impecablemente cortado. Cabello rubio oscuro peinado hacia atrás con precisión casi militar.
Ojos del color del acero pulido bajo la luz plateada de la luna.
Alto. Hombros anchos. Con la presencia de alguien acostumbrado a ganar batallas silenciosas en salas de juntas.
—No debería estar aquí. Es un evento estrictamente privado.
—Lo sé perfectamente.
Acento alemán suave, apenas perceptible.
—Por eso esperé en el balcón en lugar de entrar al salón.
Pausa.
—Mi nombre es Karl Smith. Soy abogado.
—¿Abogado de quién?
—De Thomas Miller. Su padre.
Las piernas de Alice se aflojaron. Tuvo que agarrarse de la baranda para no caer.
—Mi padre murió hace dos años.
—Lo sé. Estuve en el funeral.
Karl dio un paso hacia ella.
—¿Se encuentra bien?
—Perfectamente.
Alice apretó la baranda hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué quiere de mí?
Karl la observó con atención que la incomodó.
—Última fila. Usted estaba en primera fila llorando en silencio mientras su esposo revisaba el teléfono cada treinta segundos.
Golpe directo al estómago.
Alice recordaba ese día con claridad dolorosa. El ataúd de caoba pulida. Las flores blancas que Thomas odiaba. Liam murmurando sobre acciones y mercados mientras ella enterraba al único hombre que la había amado verdaderamente.
—¿Qué quiere de mí?
—Protegerla.
Karl sacó un sobre grueso del interior del abrigo.
—Thomas me lo pidió antes de morir.
—¿Protegerme de qué exactamente?
—De lo que está a punto de suceder.
Extendió el sobre hacia ella.
—En aproximadamente veinte minutos, usted no va a tener acceso a ninguna cuenta bancaria conjunta, ninguna tarjeta de crédito vinculada, ninguna propiedad registrada a nombre de ambos.
Alice sintió que el aire la abandonaba.
—Eso es legalmente imposible sin proceso judicial.
—Margaret Walton tiene a un juez federal en el bolsillo desde hace tres años.
Karl sostuvo su mirada.
—El honorable William Freeman. Caso Anderson.
Pausa.
—Thomas sabía que este momento llegaría.
Alice no tomó el sobre inmediatamente.
Su mente corría a mil kilómetros por hora. El sudor frío. La respiración entrecortada. Este extraño apareciendo de la nada con información imposible de conocer.
Era demasiado. Todo era demasiado.
—¿Por qué debería confiar en usted?
—No debería confiar automáticamente. Sería imprudente.
Karl dejó el sobre en la baranda frente a ella.
—Pero Thomas sí confiaba en mí. Completamente.
—¿Qué hay dentro del sobre?
—Una carta escrita por su padre durante sus últimas semanas de vida.
Karl retrocedió un paso.
—Y documentos que Thomas preparó para protegerla.
Desde el salón llegó un aplauso entusiasta y coordinado.
A través de las puertas de cristal, Alice vio a Liam en el escenario principal. Micrófono en mano. Sonrisa de conquistador.
Sophie Brennan a su lado como trofeo viviente envuelta en vestido rojo sangre.
—Esta noche marca una nueva etapa emocionante para la familia Walton...
Las manos de Alice comenzaron a temblar violentamente. Las apretó contra la baranda.
Se tambaleó ligeramente.
Karl la sujetó del brazo antes de que pudiera caer.
—¿Cuándo fue la última vez que comió algo?
—Esta mañana.
—Espere aquí.
Desapareció hacia el interior del salón.
Alice cerró los ojos. Respiró profundo. Contó hasta diez.
El bebé. Tengo que cuidar al bebé. Agua. Comida. Calma.
Karl regresó con un vaso de agua y un plato pequeño con frutas.
—Coma. Despacio.
No era una sugerencia. Era una orden gentil pero firme.
Alice tomó una fresa. La masticó lentamente. El azúcar natural comenzó a estabilizarla.
Bebió el agua en sorbos pequeños.
Karl la observaba con atención que la incomodó. Pero no dijo nada. Solo esperó pacientemente hasta que Alice terminó la mitad del plato.
—Gracias.
—Su padre me hizo prometer que cuidaría de usted si algo le pasaba.
Karl se sentó en el sillón frente a ella. Manteniendo distancia respetuosa.
—No solo legalmente. En todos los sentidos.
Algo en la forma en que lo dijo la hizo fruncir el ceño.
—Llámeme cuando las cuentas se congelen.
Karl le entregó una tarjeta de visita simple.
Karl Smith. Abogado.
Sin dirección de despacho. Sin firma corporativa. Solo un número de teléfono móvil.
—Porque van a congelarse exactamente como le dije. Y cuando eso suceda, va a necesitar opciones reales.
—¿Qué tipo de opciones?
—Las que Thomas preparó para usted.
Karl se puso de pie. La miró una última vez.
Algo en su expresión cambió por una fracción de segundo. Algo suave. Casi vulnerable.
—Una cosa más, señora Miller.
—¿Sí?
—No confíe en nadie completamente. Ni siquiera en mí.
Pausa deliberada.
—Todos tenemos nuestras propias motivaciones.
Y desapareció en las sombras del balcón antes de que Alice pudiera preguntar qué demonios significaba eso.
Alice miró el sobre grueso en la baranda. La carta de su padre muerto.
No la abrió.
Todavía no. No aquí.
Se quitó los zapatos de tacón que Liam le había regalado esa mañana. Los dejó junto a la baranda.
Se quitó el collar de perlas que Margaret le había dado como regalo de bodas. Lo dejó sobre el mármol frío.
Y caminó descalza hacia el salón.
Sin joyas.
Sin ilusiones.
Con más preguntas que respuestas.
Y un reloj invisible contando los minutos hasta que su mundo financiero colapsara completamente.
Pero cuando cruzó el umbral, tuvo que apoyarse nuevamente en la pared.
La respiración se le aceleró nuevamente.
Aguanta. Solo un poco más. Solo hasta llegar a casa.
Excepto que ya no tenía casa.
Y ni siquiera lo sabía todavía.







