El Legado de la Traición: Renacer en Miami
El Legado de la Traición: Renacer en Miami
Por: Renata Caglioni
LA FIESTA DE LOS MENTIROSOS

El mensaje ardía en la pantalla del teléfono.

"Suite 1027. Ahora."

Sin firma. Sin explicación. Solo una orden que olía a trampa.

Alice guardó el teléfono en el bolsillo oculto de su vestido esmeralda y miró hacia el salón.

Trescientos invitados. Champán Dom Pérignon fluyendo como agua. Un cuarteto de cuerdas tocando melodías que costaban más por hora que el salario mensual de cualquier empleado del hotel.

Su fiesta de aniversario. Tres años de matrimonio con Liam Walton.

Y un mensaje anónimo que amenazaba con destruirlo todo.

Subió al décimo piso sola.

Los tacones que Liam le había regalado esa mañana resonaban contra el mármol. Cada eco un recordatorio de todo lo que creía tener.

El amor. La seguridad. Un futuro con hijos y risas y envejecer juntos.

Mentiras elegantes envueltas en diamantes.

El pasillo del décimo piso estaba vacío. Silencioso.

La música del salón llegaba amortiguada, como si perteneciera a otro universo donde las esposas no recibían mensajes misteriosos en sus propias fiestas.

Habitación 1027. Suite presidencial.

La misma suite donde ella y Liam habían pasado su primera noche de bodas hace tres años.

El picaporte estaba tibio bajo sus dedos. La puerta entreabierta.

Alice empujó.

El mundo se detuvo.

Liam junto a la ventana panorámica. Camisa desabotonada. Cabello revuelto.

La corbata Hermès que ella le había anudado esa mañana, arrugada sobre el sofá junto a un sujetador negro de encaje.

Sophie Brennan ajustándose el vestido rojo con dedos temblorosos.

Sophie.

Su mejor amiga desde hace cuatro años. La mujer que le enseñó a navegar las aguas traicioneras del mundo Walton. La confidente con quien compartía café cada miércoles.

La misma Sophie que ahora tenía marcas rojas en el cuello.

Alice no pudo moverse. No pudo respirar.

Solo quedó ahí. Congelada. Mirando.

—Alice.

La voz de Liam sonó irritada.

—Pensé que estarías abajo entreteniendo a los invitados.

Sophie intentó una sonrisa. El temblor en sus manos la delataba completamente.

—Liam, sabíamos que iba a subir tarde o temprano.

Las rodillas se le aflojaron. El estómago se le retorció.

Por un segundo creyó que iba a vomitar. O desmayarse. O gritar.

Pero no hizo ninguna de las tres cosas.

Algo dentro de ella se endureció.

Su mano fue al bolsillo oculto del vestido. Sacó una tarjeta blanca de visita. La dejó sobre la mesita de caoba junto a la puerta.

Un hábito heredado de Thomas Miller, su padre muerto.

Cuando tomes una decisión importante, deja una marca.

—Liam. Explícame ¿Qué significa esto?

—Mira, sé que esto parece incómodo.

Se pasó la mano por el cabello.

—Pero seamos adultos. Tú y yo sabemos que nuestro matrimonio siempre fue un arreglo entre familias.

Un arreglo.

Tres años. Noches compartidas. Planes de futuro. Nombres para los hijos que tendrían.

¿Y él lo definía como un arreglo?

—¿Un arreglo?

La voz le salió delgada.

—Liam, yo estoy...

Embarazada. Embarazada de tu hijo.

Las palabras murieron en su garganta. Decirlas ahora sería entregarle un arma.

Sophie caminó hacia Liam. Le pasó el brazo por la cintura con naturalidad de años.

Él no la apartó. No se inmutó.

—Alice, querida.

La voz de Sophie goteaba falsa compasión.

—Lo nuestro empezó mucho antes de que tú aparecieras. Lo tuyo con él fue un contrato. Negocios puros y duros. ¿No lo sabías? No puedo creer que seas tan ingenua.

Alice notó algo en los ojos de Sophie que la sorprendió.

No era triunfo. Era desesperación disfrazada de victoria.

Porque Sophie sabía una verdad que nadie decía en voz alta: Margaret Walton jamás la aceptaría como nuera oficial. Nunca sería "material Walton" para la matriarca.

Demasiado mayor. Demasiado clase media. Demasiado empleada.

Margaret quería una heredera de "dinero viejo" para su hijo. Sophie era apenas un pasatiempo. Una distracción conveniente.

Y Sophie lo sabía perfectamente.

Aun así, seguía ahí. Aferrándose a migajas de un hombre que jamás la elegiría públicamente.

—Sophie.

Liam la calló con voz de advertencia.

Luego su mano fue instintivamente al bolsillo interior de la chaqueta. Tocó algo que guardaba ahí.

Un gesto nervioso. Rápido.

Alice lo notó. No sabía qué significaba, pero lo notó.

—¿Qué? Es la verdad. Alice merece saber dónde está parada.

Alice miró a Liam directamente a los ojos.

Buscando algo. Cualquier cosa. Un destello de culpa. Una grieta en la máscara perfecta.

—¿Nunca me amaste?

Silencio.

Doce latidos de su propio corazón. Los contó uno por uno.

Liam no la miró a los ojos. Miró hacia la ventana panorámica. Hacia la bahía de Biscayne brillando bajo las luces de Miami.

—Te tengo afecto, Alice. Genuino afecto.

Ajustó su reloj Patek Philippe sin mirarla.

—Eres una mujer práctica. Funcional. Fácil de convivir.

Pausa.

—Pero amor... eso es lo que siento por Sophie.

Otra mentira. Alice lo supo por la forma que evitaba su mirada mientras se terminaba de arreglar la ropa.

Pero no importaba ya si era mentira o verdad.

Alice se quitó los pendientes de diamantes que Margaret le había regalado para la boda. Los dejó caer sobre la mesita de cristal con tintineo agudo.

El anillo de compromiso. Tres quilates de mentiras elegantes.

La alianza de platino. El círculo perfecto intercambiado frente a trescientos invitados.

Metal contra cristal. Sentencia final.

—Tienes razón, Sophie.

Alice la enfrentó con todo lo que le quedaba de dignidad.

—Fueron tres años de ingenuidad absoluta.

—¿Eso es todo?

Liam avanzó un paso hacia ella.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

—No.

Alice alzó la barbilla y lo miró directamente.

—No tengo nada más que decir. Esto se termina aquí.

Caminó hacia el elevador sin mirar atrás. La espalda recta. Los hombros firmes. La cabeza alta.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, su mano fue inmediatamente al vientre plano.

Un hijo de Liam Walton.

Un bebé que él jamás sabría que descartó antes siquiera de conocer su existencia.

Las lágrimas llegaron entonces. Silenciosas. Ardientes.

Tú decides quién eres, susurró la voz de Thomas desde algún rincón sagrado de su memoria.

Siempre tú. Nunca ellos.

Las puertas se abrieron. La música del salón la golpeó como ola.

Alice se limpió las mejillas con el dorso de la mano.

Respiró profundo. Una vez. Dos veces. Tres veces.

Y caminó hacia su propia fiesta de aniversario.

Los tacones resonaban contra el mármol.

Ya no sonaban como pasos prestados de otra vida.

Sonaban como el primer tambor de una guerra que ella no había elegido pero estaba absolutamente decidida a ganar.


[SUITE PRESIDENCIAL - 11:47 PM]

Liam aflojó la corbata mientras miraba los anillos abandonados sobre la mesita de cristal.

—Más fácil de lo que pensé.

Se sirvió whisky.

—Ni una lágrima.

Sophie terminó su copa de champán de un trago largo.

Pero no había triunfo en su postura. Solo agotamiento profundo.

—Creí que haría una escena. Que gritaría.

—Alice nunca hace escenas.

Su teléfono vibró. Margaret.

"¿Hecho?"

"Hecho. Salió hace cinco minutos."

"Bien. Activo el protocolo inmediatamente."

Liam miró los anillos abandonados.

Su mano volvió al bolsillo interior de la chaqueta. Sacó la fotografía doblada que guardaba en su billetera desde hace tres años.

Alice sonriendo el día que la conoció en el lobby del hotel de su padre. Antes de los contratos. Antes de Margaret. 

Antes de que él arruinara todo por presión familiar y cobardía.

La guardó rápidamente antes de que Sophie la viera.

—¿Liam?

—¿Qué?

—¿Estás bien?

—Perfecto.

Bebió un trago de whisky.

—Absolutamente perfecto.

Pero no la miró cuando lo dijo.

Y Sophie notó algo que la heló por dentro: la forma en que Liam seguía mirando la puerta por donde Alice había salido.

Como si acabara de perder algo que no sabía que quería conservar.

Como si acabara de cometer el peor error de su vida.


[SUITE PRIVADA MARGARET WALTON - 11:52 PM]

Margaret Walton marcó el número desde la oficina privada de su suite.

—Harrison. Soy yo.

—Señora Walton. ¿A esta hora?

—Activa el protocolo de emergencia matrimonial.

Pausa tensa.

—Cuentas conjuntas, tarjetas de crédito, acceso a propiedades vinculadas. Todo. Ahora.

—Eso requiere una orden judicial de emergencia.

—El juez Freeman me debe tres favores desde el caso Anderson.

Otra pausa.

—Llámalo. Despiértalo si es necesario.

—¿Cuánto tiempo necesita para ejecutar?

—Treinta minutos para obtener la orden temporal firmada. Una hora máximo para ejecutar con los bancos.

—Perfecto. Hazlo.

Margaret caminó hacia la ventana.

—Y Harrison...

—¿Sí, señora Walton?

—Quiero el fideicomiso Miller revisado mañana a primera hora. Busca cualquier irregularidad. Cualquier grieta legal.

—¿El fideicomiso de Thomas Miller? Pero ese expediente está cerrado desde hace años.

—Nada está verdaderamente cerrado si sabes dónde buscar y a quién presionar.

Pausa.

—Thomas Miller era astuto. Demasiado astuto para morir sin dejar algo escondido para su hija. Encuéntralo.

Margaret colgó.

Miró hacia el salón a través del ventanal donde su fiesta perfecta seguía desarrollándose sin interrupciones.

Alice Miller. Empleada convertida en esposa. Esposa convertida en problema.

Pero los problemas se eliminan.

Siempre.

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