EL ANUNCIO

Alice cruzó el umbral descalza.

El mármol helado bajo sus pies era un recordatorio físico: esto era absolutamente real.

No había vuelta atrás. No había red de seguridad. Solo ella, un sobre sin abrir en el bolso, y doscientas personas que estaban a punto de presenciar algo.

Pero ya no estaba segura de qué exactamente.

El salón brillaba con opulencia obscena.

Candelabros de cristal que costaban más que casas enteras. Arreglos florales importados de Ecuador esa misma mañana. Servilletas de lino bordadas con las iniciales WW entrelazadas.

Walton Wedding. Como si el matrimonio fuera otra adquisición corporativa.

Y lo era. Siempre lo había sido.

Cada paso descalzo era un esfuerzo consciente. Cada respiración, un acto de voluntad pura.

Doscientas cabezas miraban el escenario donde Liam sostenía el micrófono con la confianza absoluta de quien siempre ha controlado cada situación.

Traje de tres piezas cortado por sastres italianos. Cabello impecable. Sonrisa de ganador practicada frente al espejo durante años.

El hombre con quien había compartido cama durante tres años. El padre del hijo que crecía en su vientre sin que él lo supiera.

El mismo hombre que la había descartado como un activo depreciado hace exactamente una hora.

—Alice y yo hemos decidido evolucionar nuestra relación hacia algo diferente...

Sophie a su lado. Vestido rojo sangre brillando bajo los reflectores como advertencia de peligro.

Los mismos labios carmín que habían besado a su esposo mientras ella esperaba abajo.

—El matrimonio es una institución hermosa cuando sirve su propósito original. Pero Alice y yo hemos crecido en direcciones diferentes...

Las palabras flotaban en el aire como veneno perfumado.

Margaret en primera fila. Copa de champán intacta. Espalda perfectamente recta como regla de acero.

El general observando cómo su plan se ejecutaba sin errores visibles.

Chen Li junto a ella, el inversionista de Hong Kong, observando con expresión impasible. Los otros accionistas esparcidos por las primeras filas.

Todos testigos del espectáculo Walton.

Todo perfectamente orquestado según el libreto familiar.

Las manos de Alice temblaban. Las apretó en puños cerrados.

Se apoyó en otra columna. Respiró profundo.

Aguanta. Solo un poco más.

—Por eso, esta noche tan especial, quiero anunciar públicamente que Alice y yo hemos acordado mutuamente...

Alice dio un paso hacia adelante.

Luego otro.

El salón parecía girar ligeramente. Las luces demasiado brillantes. Los perfumes demasiado fuertes.

Pero siguió caminando.

Porque si no lo hacía ahora, nunca lo haría.

—No.

Una sílaba. Clara como disparo en la noche.

El cuarteto dejó de tocar a mitad de nota. Las copas quedaron suspendidas en el aire.

El silencio cayó sobre el salón.

Todas las cabezas giraron hacia el fondo donde Alice permanecía de pie.

Descalza. Sin joyas. Con el maquillaje ligeramente corrido.

Pero absolutamente de pie.

Liam se congeló en el escenario. La sonrisa murió en sus labios.

Por primera vez en su vida de privilegio absoluto, el heredero Walton no sabía qué decir.

Alice caminó hacia el frente del salón.

Cada paso descalzo sobre el mármol requería toda su concentración.

Los teléfonos empezaron a levantarse. Grabando. Transmitiendo en vivo.

Que graben. Que vean.

—No acordamos nada mutuamente, Liam.

Su voz resonó en el salón. Más fuerte de lo que esperaba.

—Tú decidiste unilateralmente terminar nuestro matrimonio. Yo me enteré hace una hora cuando te encontré con tu amante en la suite presidencial.

Silencio total. Doscientas respiraciones contenidas.

Margaret palideció. Retrocedió medio paso. Su máscara de control se agrietó por un segundo antes de recomponerse.

—Alice, estás causando una escena innecesaria.

Liam intentó recuperar el control.

—Hablemos en privado como adultos.

—¿Como hablaste con Sophie en privado todos estos años?

Alice siguió caminando hacia el escenario sin detenerse.

Pero a mitad de camino, el sudor frío comenzó a correr por su espalda.

Se tambaleó.

Una de las meseras corrió a sostenerla antes de que cayera.

Rosa. La mesera veterana que siempre le había sido amable.

—Fácil, señora. La tengo.

Alice se apoyó en Rosa por un segundo. Respiró profundo.

—Gracias.

—¿Está bien?

—Sí. Solo... necesito terminar esto.

Rosa la soltó lentamente, asegurándose de que pudiera mantenerse en pie.

Alice continuó hacia el escenario. Más despacio ahora. Pero sin detenerse.

Margaret se puso de pie con furia apenas contenida.

—¡Esta mujer claramente está teniendo algún tipo de episodio! ¡Necesita atención médica!

—No necesito atención médica.

Alice llegó finalmente al escenario.

—Necesito que todos sepan la verdad.

Miró directamente a Liam.

—¿Durante cuánto tiempo exactamente, Liam? ¿Un año? ¿Dos? ¿Desde antes de nuestra boda?

El silencio se extendió.

Liam abrió la boca. La cerró. Miró a Sophie. Miró a Margaret.

Su mano fue instintivamente al bolsillo interior de la chaqueta. Tocó algo ahí. Nervioso.

—Alice, esto no es el momento ni el lugar...

—Desde antes de la boda.

La voz vino del fondo del salón. Rosa, la mesera veterana, levantó la mano desde su puesto.

Mujer de cincuenta años con arrugas de trabajo duro y ojos que habían visto demasiado.

Alice siempre le preguntaba por su hijo. Siempre la trataba como persona real. Siempre recordaba su nombre cuando los Walton ni siquiera la miraban.

—Los vi juntos en el bar del lobby dos semanas antes de la boda.

Rosa dio un paso al frente.

—Estaban... muy cómodos entre ellos. Pensé que tal vez estaba equivocada. Pero los volví a ver. Muchas veces después.

Explosión de murmullos. Teléfonos levantándose para grabar cada segundo.

Margaret se puso de pie con furia apenas contenida.

—¡Esta empleada está mintiendo por despecho o por dinero!

—¿Cómo mentí yo cada día para encajar en tu familia?

Alice caminó directamente hacia su suegra.

Cada paso era una batalla. Contra el sudor frío. Contra el temblor en las manos. Contra el deseo abrumador de simplemente colapsar.

Pero no lo haría. No aquí. No ahora.

—¿O como mentiste tú cuando dijiste que me aceptabas en la familia Walton?

Margaret retrocedió. Por primera vez en décadas, alguien le hablaba sin miedo visible.

—Alice, cariño...

Margaret extendió una mano temblorosa.

—Estás teniendo un episodio emocional. Déjame llamar a un médico...

—No es un episodio, Margaret.

Alice sacó una tarjeta blanca del bolsillo de su vestido. La dejó sobre la mesa frente a su suegra.

Cuando tomes una decisión importante, deja una marca física.

Miró a Liam. Luego a Sophie. Luego a Margaret.

—Creyeron que era una empleada sin opciones. Una esposa desechable.

Dio un paso atrás.

—Se equivocaron.

Y comenzó a caminar hacia la salida.

Pero solo dio tres pasos antes de que el mundo comenzara a girar violentamente.

El sudor. El temblor. El estrés. El bebé.

Todo la golpeó al mismo tiempo.

Alice se tambaleó. Se agarró de una silla. Falló.

Cayó. 

El último sonido que escuchó antes de que todo se

volviera negro fue el grito de Margaret.

Y lo último que pensó fue: El bebé. Por favor, que el bebé esté bien.


[DIEZ MINUTOS DESPUÉS]

Alice despertó en un sofá del salón privado del hotel.

Voces a su alrededor. Luces brillantes. Olor a sales aromáticas.

—Está despertando.

Una mujer con bata blanca. Doctora del hotel.

—¿Puede oírme, señora Walton?

Alice asintió débilmente.

—¿Qué pasó?

—Se desmayó. Probablemente por deshidratación y estrés.

La doctora le revisó las pupilas con una linterna pequeña.

—¿Cuándo fue la última vez que comió o bebió agua adecuadamente?

—Esta mañana.

—¿Está tomando algún medicamento?

Alice dudó.

—Vitaminas prenatales.

La doctora se detuvo. La miró con atención renovada.

—¿Está embarazada?

—Diez semanas.

La doctora asintió lentamente.

—Necesito hacerle un chequeo básico. ¿Me permite?

Alice asintió.

La doctora le revisó la presión arterial. El pulso. Le palpó suavemente el abdomen.

—Todo parece normal por ahora. Pero necesita hidratarse inmediatamente y descansar.

Pausa.

—Y debería hacerse un ultrasonido mañana para asegurarse de que el bebé está bien después del desmayo.

—¿Está...? ¿El bebé está bien?

—Por lo que puedo ver ahora, sí. Pero el estrés extremo no es bueno para un embarazo temprano.

La doctora le extendió un vaso de agua con electrolitos.

—Beba esto. Despacio.

Alice bebió obedientemente.

La puerta del salón privado se abrió de golpe.

Liam entró como huracán. Rostro pálido. Ojos desorbitados.

—¿Está bien? ¿Qué pasó?

—Deshidratación y estrés.

La doctora se interpuso entre Liam y Alice.

—Necesita descanso absoluto.

—Voy a llevarla a casa inmediatamente...

—No.

Alice se sentó con esfuerzo.

—No voy a ninguna parte contigo.

—Alice, te desmayaste. Necesitas...

—Necesito que te vayas.

La voz le salió más débil de lo que hubiera querido. Pero firme.

Liam la miró como si no pudiera reconocerla.

—No puedes estar sola en este estado.

—No estaré sola.

Alice miró a la doctora.

—¿Puede llamar a un taxi?

—Por supuesto.

La doctora salió, dejándolos solos por un momento.

Liam dio un paso hacia Alice.

—Podemos arreglar esto. Lo que sea que esté pasando, podemos...

—No hay nada que arreglar, Liam.

Alice se puso de pie con esfuerzo. Se tambaleó ligeramente.

Liam extendió la mano para sostenerla.

Ella la apartó.

—No me toques.

El teléfono de Alice vibró en su bolso.

ALERTA BANCARIA URGENTE

Cuenta Walton-Miller: CONGELADA

Saldo disponible: $0.00

Tarjetas asociadas: CANCELADAS

Alice miró la pantalla. Luego miró a Liam.

—¿Lo sabías?

—¿Saber qué?

—Las cuentas. Las congelaron.

Liam frunció el ceño. Sacó su propio teléfono. Revisó.

Su rostro palideció.

—No. Yo no... Seguramente fue mi madre..

Marcó un número. Esperó.

—Mamá. ¿Qué hiciste?

Pausa tensa.

—No. No autoricé ese procedimiento... ¡Alice está aquí! ¡Se está recuperando del desmayo!

Otra pausa.

El rostro de Liam pasó de shock a furia.

—Esto es demasiado lejos. Incluso para ti.

Colgó violentamente.

Miró a Alice con algo que casi parecía arrepentimiento real.

—No sabía que iba a hacer esto. Te juro que no...

Otro mensaje. Margaret.

"Bonito espectáculo, querida. Muy dramático. Mis abogados te verán el lunes. Disfruta el fin de semana."

Alice se dejó caer de nuevo en el sofá.

Sin dinero. Sin tarjetas. Sin acceso a nada.

Había ganado la batalla pública.

Pero Margaret acababa de ganar la primera guerra real.

Sacó la tarjeta de Karl del bolsillo oculto del vestido.

Marcó el número con dedos temblorosos.

—¿Señora Miller?

—Las cuentas. Se congelaron. Exactamente como dijo.

Pausa.

—Y me desmayé. Estoy... no me siento bien.

—¿Dónde está?

—Salón privado del hotel. Sala ejecutiva B.

—No se mueva. Voy por usted. Cinco minutos máximo.

Alice colgó.

Liam la miraba con expresión indescifrable.

—¿Quién era?

—Nadie que te importe.

—Alice...

—Vete, Liam.

Cerró los ojos.

—Por favor. Solo vete.

Por primera vez en tres años, Liam Walton obedeció sin protestar.

Salió del salón privado como hombre derrotado.

Y Alice se quedó sola.

Sin dinero. Sin casa. Embarazada.

Preguntándose si acababa de cometer el peor error de su vida.

O si finalmente había dado el primer paso hacia algo mejor.

No lo sabía.

Y esa incertidumbre la aterraba más que cualquier otra cosa.

 

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