LA MAÑANA DESPUÉS

Alice despertó en una habitación completamente desconocida.

Pánico instantáneo.

Sábanas blancas de algodón que no reconocía. Luz grisácea filtrada por cortinas beige baratas. Olor a café recién hecho flotando desde algún lugar cercano.

Definitivamente no era la mansión Walton con sus sábanas de seda egipcia y sus cortinas de terciopelo.

Los recuerdos llegaron como avalancha.

La suite presidencial. Sophie ajustándose el vestido rojo. Liam diciendo que nunca la amó. El salón lleno de invitados filmando. El desmayo. Karl apareciendo con un auto negro.

El viaje silencioso a través de calles de Miami que no reconocía. Esta casa modesta donde finalmente se había derrumbado a las tres de la madrugada.

Dios mío. ¿Qué hice?

El bebé.

Su mano fue inmediatamente al estómago.

Respiró profundamente. Una vez. Dos veces.

Todavía ahí. Todavía luchando por existir.

Se levantó con cuidado. Evitó deliberadamente el espejo. No estaba lista para enfrentar su propio reflejo.

No quería ver a la mujer que había colapsado públicamente frente a trescientas personas.

La mujer que no tenía dinero, ni casa, ni plan.

Bajó las escaleras vistiendo ropa prestada que le quedaba enormemente grande. Probablemente de Karl.

La casa era sorprendentemente modesta para un abogado que supuestamente manejaba fideicomisos millonarios.

Paredes blancas sin pretensiones. Libros en alemán apilados en cada superficie. Muebles funcionales sin lujos.

Una foto enmarcada de un hombre mayor con los mismos ojos grises sobre la chimenea apagada.

Karl estaba en la cocina pequeña. Impecable a pesar de la noche sin dormir.

Como si el caos de las últimas doce horas no lo hubiera afectado en absoluto.

—Buenos días.

Le extendió una taza humeante.

—Descafeinado. Con un poco de jengibre.

Alice tomó la taza con manos temblorosas. El calor le reconfortó los dedos fríos.

—¿Cómo...?

—Su padre me contó que siempre prefiere té de jengibre cuando no se siente bien.

Karl bebió su propio café negro sin romper contacto visual.

—Thomas era muy observador con los detalles.

Alice bebió el té de jengibre lentamente. El calor comenzó a calmar su estómago.

—¿Mi padre sabía que esto pasaría?

—Sabía que los Walton eventualmente mostrarían su verdadera naturaleza.

Karl la observó con atención.

—No sabía exactamente cuándo ni cómo. Pero sabía que sucedería.

—¿Y usted? ¿Por qué aceptó esto?

Silencio tenso.

Karl dudó por primera vez desde que lo conocía. Sus manos se tensaron imperceptiblemente alrededor de la taza de café.

—Thomas era mi mentor. Más que eso. Era como un padre para mí.

Pausa deliberada.

—Cuando murió, le prometí que cuidaría de usted.

—Necesito ver esos documentos que mencionó anoche.

—Por supuesto.

Karl se puso de pie. Fue a una caja fuerte escondida detrás de un cuadro en la sala.

La abrió. Sacó una carpeta gruesa.

Pero no se la entregó inmediatamente.

—Antes de que vea esto, necesita entender algo.

Se sentó nuevamente frente a ella.

—Lo que Thomas preparó es... complicado. Legalmente sólido, pero estructuralmente complejo.

—¿Qué significa eso?

—Significa que hay recursos. Mucho más de lo que los Walton creen.

Karl abrió la carpeta. Le mostró el primer documento sin entregárselo.

—Pero acceder a ellos requiere ciertos pasos legales que toman tiempo. Semanas. Posiblemente meses.

Alice miró el documento. Números. Nombres de empresas que no reconocía. Estructuras corporativas que no entendía.

—¿Cuánto tiempo exactamente?

—No lo sé con certeza. Depende de qué tan agresivamente Margaret pelee esto.

Karl finalmente le entregó la carpeta completa.

—Y va a pelear. Duramente.

Alice abrió la carpeta. Comenzó a leer.

Las primeras páginas eran legales densas que apenas comprendía. Pero luego llegó a algo que la detuvo en seco.

Una carta. Escrita a mano. La caligrafía de su padre.

"Mi querida Alice:

Si estás leyendo esto, significa que lo peor finalmente sucedió. Los Walton mostraron su verdadero rostro.

Perdóname por no haberte advertido más claramente. Quería que fueras feliz. Quería creer que Liam era diferente a su madre.

Me equivoqué.

Pero no te dejé indefensa. Karl tiene instrucciones muy específicas. Confía en él.

O casi. Porque hasta las mejores intenciones pueden tener motivaciones complicadas.

Pregúntale sobre la primera vez que vio tu fotografía. Pregúntale qué sintió.

Y luego decide tú misma.

Te amo, pequeña. Siempre.

Papá"

Alice levantó la vista hacia Karl lentamente.

Él sostuvo su mirada. Sin pestañear. Sin moverse.

—¿Qué sintió la primera vez que vio mi fotografía?

Silencio largo.

Karl se reclinó en su silla. Bebió su café. Lo dejó sobre la mesa con cuidado deliberado.

—Sentí que mi vida acababa de cambiar completamente.

—¿Qué significa eso?

—Significa que Thomas tenía razón cuando me dijo que tengo mis propias razones para ayudarla.

Karl la miró directamente.

—Razones que van más allá de un favor a un amigo muerto.

Alice sintió un escalofrío recorrer su columna.

—¿Qué razones exactamente?

—Las equivocadas, probablemente.

Karl se puso de pie. Caminó hacia la ventana.

—Pero son las únicas que tengo.

Antes de que Alice pudiera preguntar más, el timbre de la puerta sonó bruscamente.

Voces tensas en la entrada. Karl firme y controlado. Otra voz masculina. Furiosa. Dolorosamente familiar.

Liam irrumpió en la cocina empujando a Karl.

Esmoquin arrugado de la noche anterior. Ojeras profundas. Ojos enrojecidos. Olor a whisky barato.

—¿Aquí pasaste la noche? ¿Con él?

Alice cruzó los brazos defensivamente.

—Ya no es tu asunto, Liam.

—¡Claro que es mi asunto! ¡Legalmente todavía eres mi esposa!

—Por muy poco tiempo más.

—¡Destruiste mi reputación! ¡Las acciones de Walton Resorts cayeron 8% esta mañana!

Liam dio un paso hacia ella.

—Chen Li retiró su inversión. Tres socios estratégicos están "reevaluando" sus contratos.

Pausa.

—¿Tienes idea de cuántos millones representa eso?

—Qué tragedia terrible para ti y tu familia.

Alice sostuvo su mirada sin pestañear.

—Dile a tu madre que fue un precio muy económico por mi dignidad.

Liam la miró como si no pudiera reconocerla. Como si la mujer frente a él fuera una extraña usando el rostro de su esposa.

Su mano fue al bolsillo interior de la chaqueta. Ese gesto inconsciente que hacía cuando estaba nervioso.

Tocó algo ahí. Rápido. Casi imperceptible.

—Alice, podemos arreglar esto todavía.

Dio otro paso hacia ella.

—Cancelar los procedimientos. Empezar de nuevo. Puedo hacer que Margaret revierta lo de las cuentas...

—No.

—Sophie fue un error. Un momento de debilidad...

—Sophie fue tu elección durante años. No un momento.

—Puedo explicarte todo si me das la oportunidad...

—No quiero tus explicaciones.

Alice se puso de pie.

—No quiero tus excusas. No quiero nada de ti.

—Veinte segundos.

Karl miró su reloj con precisión. Se colocó sutilmente entre Liam y Alice.

—Luego llamo a la policía por allanamiento.

Liam miró entre Alice y Karl repetidamente. Buscando grietas. Buscando a la mujer sumisa que había conocido.

No la encontró.

Su mano volvió al bolsillo. Tocó algo ahí. Apretó con fuerza suficiente para que los nudillos se le pusieran blancos.

—Esto no termina aquí, Alice.

Su voz bajó peligrosamente.

—Mi familia tiene recursos que ni siquiera puedes imaginar. Abogados. Jueces. Contactos.

Pausa.

—Y si crees que Karl Smith va a salvarte, pregúntale cuánto dinero le ofreció Thomas por cuidarte. Pregúntale si alguna vez te habría mirado dos veces sin ese pago.

Liam salió dando un portazo que hizo temblar las ventanas.

Alice se volvió hacia Karl lentamente.

—¿Es cierto? ¿Mi padre le pagó por esto?

Karl sostuvo su mirada sin pestañear.

—Thomas estableció un fideicomiso que paga mis honorarios profesionales, sí.

—¿Cuánto?

—Trescientos mil dólares anuales durante cinco años.

Alice sintió que el aire la abandonaba.

—Entonces todo esto es... ¿es solo un trabajo para usted?

—No.

Karl dio un paso hacia ella.

—El dinero cubre mi tiempo legal. Las horas facturables. La investigación. Los recursos.

Pausa.

—Lo que siento cuando la miro no está en ningún contrato.

Alice retrocedió.

—No. No puede decirme eso. No ahora. No cuando acabo de...

Las manos le temblaban violentamente. Tuvo que sentarse.

Karl la observó con preocupación.

—¿Cuándo fue la última vez que comió algo sustancial?

—Anoche. Las frutas que me dio.

—Eso fue hace más de doce horas.

Karl fue a la cocina. Comenzó a preparar huevos revueltos.

—Voy a preparar algo. Usted va a comer. Y luego vamos al hospital para asegurarnos de que el bebé esté bien.

—No puedo pagar un hospital. No tengo...

—Yo pago.

—No quiero su dinero.

—No es mi dinero. Es del fideicomiso que Thomas dejó específicamente para gastos médicos suyos.

Karl sirvió los huevos en un plato. Se lo extendió.

—Su padre anticipó que Margaret haría exactamente esto. Por eso estructuró múltiples cuentas separadas.

Alice miró la carpeta abierta sobre la mesa. Los documentos. Los números.

Todo preparado meticulosamente por un padre que sabía que moriría. Que sabía que su hija necesitaría protección.

Que confió en Karl Smith para dar esa protección.

Pero ¿podía ella confiar también?

Su teléfono vibró. Número desconocido.

"Karl Smith no es quien dice ser. Antes de conocer a Thomas trabajaba para una firma que defendía corporaciones contra demandas de empleados. ¿Por qué un abogado así cambiaría de bando tan completamente?"

El mensaje desapareció.

Alice miró a Karl. Él cocinaba con movimientos eficientes y precisos.

El protector perfecto enviado por su padre.

O algo mucho más complicado.

—Karl.

—¿Sí?

—¿Para quién trabajaba antes de conocer a mi padre?

Las manos de Karl se detuvieron sobre la sartén por una fracción de segundo.

Luego continuó cocinando como si nada.

—Para firmas corporativas grandes. Defendiendo empresas contra demandas laborales principalmente.

—¿Por qué cambió?

—Porque me di cuenta de que estaba del lado equivocado de casi todas las batallas que peleaba.

Karl sirvió los huevos en un plato. Se lo extendió.

—Coma. Luego vamos al hospital. Luego puede decidir si confía en mí o no.

Alice tomó el plato.

Comió lentamente mientras Karl la observaba con atención que la incomodaba.

No era amenazante. Pero tampoco era completamente neutral.

Había algo más en la forma en que la miraba.

Algo que la asustaba más que Margaret. Más que Liam. Más que la cuenta bancaria en ceros.

Porque empezaba a darse cuenta de algo terrible:

Estaba completamente dependiente de un hombre que apenas conocía.

Un hombre que confesaba abiertamente tener sentimientos por ella.

Un hombre que había sido pagado para cuidarla.

Y no tenía absolutamente ninguna otra opción excepto confiar en él.

O quedarse completamente sola en una ciudad donde los Walton controlaban cada recurso que necesitaba para sobrevivir.

Terminó de comer en silencio.

Karl lavó los platos. Tomó sus llaves.

—Vamos. El Hospital Mercy tiene el mejor departamento de maternidad de Miami.

Alice lo siguió hacia el auto.

Y mientras se abrochaba el cinturón de seguridad, se dio cuenta de que había cruzado un punto de no retorno.

Ya no era la esposa Walton.

Ya no era la hija protegida de Thomas Miller.

Era Alice. Solo Alice.

Embarazada. Sin dinero. Dependiendo de un extraño con motivaciones que no entendía completamente.

Y absolutamente aterrada de lo que vendría después.

Pero por primera vez en tres años, era completamente libre de elegir su propio camino.

Aunque ese camino la llevara directamente hacia la incertidumbre más absoluta.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP