Las tres y cincuenta y ocho.
Alice había estado midiendo el tiempo de esa forma desde las tres y cuarenta: no con el reloj, sino con Max.
A esa hora del lunes, Max entraba en su ciclo de atención sostenida antes del sueño de tarde. Bien despierto. Mirando. Con esa indiferencia activa de quien todavía no sabe que hay cosas en el mundo más importantes que la textura de la luz sobre el techo.
Alice lo tenía en brazos.
La postura de siempre: Max sobre el antebrazo izquierdo, la cabeza en el hueco d