La revisión de las ocho semanas fue a las diez de la mañana del lunes.
El consultorio del pediatra tenía la misma temperatura de siempre: veintidós grados. La temperatura que todos los consultorios de pediatría de Miami parecían compartir, como si hubiera un acuerdo tácito sobre el punto exacto en que un bebé podía ser revisado sin frío y sin exceso de calor.
Alice lo había aprendido en las cuatro revisiones anteriores.
En la primera, lo registró como dato.
En las siguientes, lo reconoció como