La llamada llegó a las cinco y doce de la tarde.
El instinto le golpeó de inmediato: sostenerlo, cubrirlo, que nada lo rozara sin pasar por ella primero.
Alice estaba en la butaca junto a la ventana de la habitación 114, con Max en el brazo izquierdo y el informe semanal del hotel en la mano derecha, en ese equilibrio incómodo y real donde la maternidad y la dirección ejecutiva no se alternan: coinciden.
Todo en Alice se ordenó alrededor de una sola necesidad: protegerlo.
La luz de media tar