Konstantin Reeves tenía la costumbre de empezar las reuniones en el segundo exacto acordado. Alice había aprendido a leerlo como una forma de respeto y como una advertencia amable: la conversación iba a ser eficiente, y cualquier emoción que mereciera entrar tendría que hacerlo sin estorbar.
La videollamada conectó a las tres de la tarde en punto.
Reeves apareció en pantalla desde lo que parecía una terraza en alguna ciudad europea de luz oblicua: sesenta años, cabello blanco, esa clase de mira