La abuela seguía inconsciente, en UCI.
A través del cristal transparente, Aitana permanecía afuera mirando fijamente, cada minuto y cada segundo era una tortura para ella.
Zarina, preocupada, frecuentemente le traía sopa para que Aitana se alimentara.
Pero Aitana apenas podía comer algo, en tan solo dos días había adelgazado notablemente, su barbilla se había vuelto más pronunciada. Los consejos de Zarina no servían de nada, solo podía acompañarla en silencio.
Miguel y su hermana también venían