La fama, el poder y la posición ya no eran más que humo que se desvanece; solo quedaba la responsabilidad.
Damián sacó una cajetilla de cigarrillos del cajón, la abrió, tomó uno y se lo puso en los labios. Cuando lo encendió, sus dedos temblaban, pero no le importó; así, con el cigarro en la boca, dio una fuerte calada.
El humo ligero empañó sus ojos profundos y melancólicos.
La puerta del estudio se abrió con un chirrido, y el hombre preguntó con enojo y sorpresa:
—¿Quién es?
Quien entró fue Mi