Por el puente de la nariz de Lucas cayeron lágrimas calientes, pero no se las limpió.
—Explícame bien, Damián, explícame bien.
Damián habló directamente:
—Estoy enfermo, no me queda mucho tiempo.
Lucas se angustió terriblemente:
—¡No te creo!
Pero no había lugar para que no creyera.
Damián tomó con una mano ese pequeño frasco de medicamentos, lo sostuvo entre los dedos; aún seguía siendo tan apuesto como antes, cada gesto suyo tenía porte distinguido.
La voz de Damián sonó indiferente:
—Secuelas