— Suéltame...
Pero el hombre no escuchaba, sus ojos negros estaban llenos de pasión. Con una mano sostuvo su rostro, como si quisiera devorarla por completo, e incluso tomó su brazo para colocarlo alrededor de su cuello.
Quería que ella lo mirara, que viera cómo la besaba. Todo se volvió caótico.
Ese amor y odio reprimidos estallaron completamente, transformándose en un enredo físico.
Afuera, la lluvia fina persistía. La pareja no cruzó la última línea, y Aitana, apoyada contra el hombro de él,