Aitana bajó la mirada y se encontró con los ojos de Damián. Tiernos y llenos de afecto.
No se sintió conmovida, sino que experimentó una sensación de tristeza.
Levantó ligeramente la cabeza, conteniendo las lágrimas en sus ojos, con la voz un poco ronca:
— Damián, ¿cómo puedo perdonarte? Dime, ¿cómo podemos seguir siendo marido y mujer? Durante todos esos días y noches, derramé todas mis lágrimas, mi corazón quedó tan destrozado que ni yo misma podía reconstruirlo. Si no hubiera sido por mi obse