En aquel silencio nocturno, frente a rostros familiares, el alma permanecía inquieta.
Pese a la tempestad que azotaba su interior, Aitana tomó asiento. Cada bocado se convertía en un desafío, pero comprendía la necesidad de alimentarse.
Ya no quedaba rastro de aquella joven de antaño; ahora era, ante todo, madre de Mateo.
Sin embargo, el dolor resultaba tan profundo que no podía evitar que sus lágrimas cayeran silenciosamente, una tras otra, mezclándose con la comida en su plato.
Lina también su