Damián, que rara vez lloraba, tenía un brillo de lágrimas en los ojos.
La mejilla de Aitana, separada solo por una fina capa de tela, se apretaba contra el pecho del hombre. Sus manos sujetaban firmemente aquel brazo destrozado, con un estado de ánimo húmedo y complejo imposible de describir.
En este momento, el amor y el odio se entrelazaban apasionadamente.
Finalmente, Aitana perdió el control. Su rostro se hundió profundamente en su pecho mientras sus puños golpeaban con fuerza su corazón. Ha