A la medianoche, la niebla blanca se levantó en la montaña, envolviendo toda la cima.
Cuando Aitana salió, parecía haber perdido el alma, su cuerpo débil a punto de derrumbarse. Seguía murmurando el nombre de Mateo, sumergida en un dolor infinito.
Al verla salir, Damián se apresuró a su encuentro, quitándose la chaqueta para colocarla sobre sus hombros.
Aitana lo miró sin expresión. Sus ojos, vacíos de vida y llenos de tristeza, apartaron suavemente su mano. No quería su preocupación, no quería