Dominic Blackwood
El sonido de un hueso rompiéndose suele ser suficiente para centrarme. Es un sonido honesto, final, una realidad física que no deja espacio para dudas. Pero hoy, mientras el hombre atado a la silla en mi almacén privado suplicaba clemencia, yo no estaba allí. Mi cuerpo golpeaba con precisión mecánica, mi mano derecha se manchaba de un carmesí familiar, pero mi mente seguía atrapada en el olor a vainilla y alcohol de la noche anterior.
—¡Basta, señor! ¡Diré todo lo que sé! —jad