Dominic Blackwood
Me desperté con una sensación que no recordaba haber tenido en años: paz. No era la alerta constante de quien espera un ataque, ni la rigidez de un cuerpo acostumbrado al asfalto. Era el peso cálido de Chloe sobre mi pecho, el ritmo pausado de su respiración contra mi cuello y el entumecimiento de mis brazos, que se negaban a soltarla incluso en sueños. Nos habíamos quedado dormidos en el sofá de la sala, bajo el resplandor azulado de los créditos de la película que ya nadie v