Las manecillas del reloj parecían danzar en una macabra burla, cada tic-tac resonaba como un golpe en el corazón de Valentina y Jazmín. Las horas se arrastraban con la lentitud exasperante de una tortuga, cada minuto un recordatorio de la llamada que no llegaba.
Berlín no llamaba, y ese silencio helado era un eco constante en sus mentes, un fantasma que las seguía a cada paso.
Intentaron concentrarse en los preparativos de la boda, pero todo les parecía mal. La sala se sentía como una jaula, l