En la empresa Milano. El tiempo se había detenido para Valentina. Cada tic-tac del reloj resonaba en sus oídos como un golpe de martillo, recordándole la fragilidad de la vida y la incertidumbre del destino. La imagen de Berlín, su hermano, se proyectaba en su mente con una nitidez dolorosa.
De repente, el sonido estridente del teléfono rompió el silencio opresivo. Valentina lo tomó con manos temblorosas, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.
—¿Sí?—respondió, con la voz apenas audible.
—V