Lo que parecía ser el último día, se alargó para otro día más en Roma. Los hombres, con una sonrisa cómplice, se despidieron para seguir con sus asuntos, mientras que las mujeres se adentraron en un mundo de vestidos, zapatos y accesorios. Laura, siempre directa y sin pelos en la lengua, no perdió la oportunidad de bromear con Valentina.
—Valió la pena que esa loca hablara —dijo Laura, refiriéndose a Marina. Valentina, que ya estaba lo suficientemente ruborizada, se puso aún más roja. Su madre