Jareth no esperó respuesta. En un pestañeo estaba encima de Ethan, las manos como garfios en la chaqueta de mi hermano. Todo pasó tan rápido que mi mente se quedó atrás, tropiezos y latidos sin sincronía.
—¡Basta! —grité, porque pense que gritándole a los dos esperaba frenar la violencia, aunque fueran ellos dos los que se jugaban todo ahí dentro de esta habitación de hospital.
Ethan no retrocedió. Le devolvió el empujón con la calma de siempre, esa calma que me asustaba más que cualquier furi