Jareth y Ethan se mantenían frente a la habitación donde Isabel dormía.
El silencio entre ambos era espeso, cargado de orgullo y desconfianza.
Ethan cruzó los brazos, observando a través del pequeño ventanal.
—No lo entiendes, Lombardi. Mi hermana no necesita que la salves, necesita que la dejen en paz.
Jareth lo miró sin apartarse de la puerta.
—¿Y tú qué sabes de paz? Llevas años viviendo en guerra, Ethan. —Su voz fue baja, pero cargada de cansancio—. No me interesa tu trono ni tus secretos,