El silencio en la casa donde Ethan y Eirin decidieron esconderse por lo menos unos dos días, era espeso, como si las paredes contuvieran la respiración de ambos. Cada ventana en el espacio estaba sellada. Las cortinas que la cubrían eran gruesas y opacas, filtraban incluso el amanecer. Desde el cuarto piso de aquel apartamento escondido, Eirin podía ver fragmentos de una ciudad que había dejado de pertenecerle.
Vestía una blusa negra ceñida, sin mangas, y un pantalón gris oscuro que marcaba su