El silencio de la oficina de Orestes se hizo trizas cuando el sonido de una notificación vibró sobre el cristal de su escritorio. Con un ademán seco, desbloqueó la pantalla de su teléfono. Lo que vio en ella hizo que sus labios se curvaran, no en sorpresa, sino en una mueca torcida, como quien presencia el final anunciado de una obra que escribió con cinismo mucho antes de que el telón subiera. Lo sospechaba.
El video era corto, pero brutal. No necesitaba más segundos para destrozar una vida. A