La lluvia golpeaba las ventanas como si el cielo también reclamara venganza. Ethan, sentado en la penumbra de su departamento vacío, con la espalda recostada contra el ventanal, sostenía el pequeño grabador que tenía la grabación de Larissa que Eirin le había dejado. El archivo se reproducía por cuarta vez consecutiva. La voz de Larissa confesando la operación ilegal parecía convertirse en un recital que debía memorizar. Su risa nerviosa, su lenguaje técnico, su cinismo desnudo habían invadido