La lluvia golpeaba los ventanales con furia, como si el cielo mismo quisiera advertirles que no estaban listos para lo que estaban a punto de descubrir. Eirin caminaba descalza sobre la madera pulida, con una blusa de seda blanca que se pegaba a su piel por la humedad y el cabello recogido en un moño flojo. Entre sus manos, sostenía un sobre beige sin marcar, cuyo contenido pesaba más que cualquier archivo clasificado.
Lionel se lo había entregado esa mañana.
«Esto no estaba en mi poder hasta