El atardecer había caído en un silencio inquietante cuando Aidan subió las escaleras hacia el departamento. La rutina de volver al hogar después del trabajo, de escuchar la risa de Alex o el murmullo de Sofía en la cocina, era el único consuelo en su vida caótica. Pero esa noche, el eco de sus pasos en el pasillo le pareció más sombrío de lo habitual.
Abrió la puerta, dejando que el peso de su día se colara junto a él, y al instante algo le tocó: un vacío palpable, casi físico. Todo estaba e