El reloj del despacho marcó las cuatro de la tarde en punto cuando el timbre del ascensor privado anunció la llegada del sastre. Emma, que se había refugiado en su habitación intentando asimilar la gravedad de las amenazas externas, salió al salón principal. Se encontró con un despliegue de percheros móviles, cajas de terciopelo y un par de asistentes que se movían con una eficiencia silenciosa y robótica, bajo la estricta mirada de la señora Ortega.
Al frente del grupo estaba monsieur Philippe