Los preparativos para la gran gala benéfica anual de la Fundación Alcázar habían transformado el ático en una extensión de la empresa. El viernes amaneció con un movimiento incesante; el personal de seguridad de Gabriel Rivas realizaba las últimas inspecciones electrónicas en los accesos del ascensor privado, asegurándose de que la filtración de información no se repitiera en un día tan crucial. El aire estaba cargado de una tensión invisible, la víspera de una tormenta que cambiaría el destino